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Factores de
protección
I.-
Factores de protección
- La
mayoría de los adolescentes incurren en delito en algún momento (con un sentido
lúdico o instrumental), pero no todos lo hacen de manera reiterada.
- La
reiteración empieza hacia los 12 años y va creciendo hasta los 17, edad en que
por lo general empieza a declinar. Es justamente lo que indica que al delito
juvenil hay que mirarlo en su contexto.
- el
interés que pone la Criminología en esto, en saber por qué hay adolescentes que
persisten en esa conducta antisocial es lo que ha llevado a adoptar un modelo
tomado de la salud, de la prevención de enfermedades: el modelo de “factores de
riesgo”.
- Ante esos
factores, hay que disminuir la probabilidad de que generen conducta antisocial.
Para esto se consideran los llamados “factores de protección”. Por un lado, no
hay un solo factor que explica la delicción, y tampoco uno solo que pueda
disminuir o neutralizar la probabilidad de que esa delicción se repita.
- No
hablamos de certezas sino de probabilidades, en un sentido y en otro. No está
demostrada una relación de causalidad que nos dé certeza.
- Unos y
otros factores pueden tener distinta influencia según el individuo. Esta mirada
se basa en datos empíricos.
- Un factor
de riesgo es una característica o variable que,
presente en un individuo, puede aumentar la posibilidad de que tenga un
comportamiento antisocial.
- Un factor
de protección, en cambio, es esa característica o variable que, presente en un
individuo, favorece su desarrollo humano y puede, por lo tanto, contrarrestar
un factor de riesgo, reduciendo la vulnerabilidad.
- Los
factores de riesgo y de protección son dos caras de una misma moneda. Se pueden
presentar de manera positiva o negativa. Pueden llevar a la superación de la
violencia, pero también pueden propiciarla. Pueden estimular la recaída en el
delito, o neutralizarla.
- Distinguimos
en una clasificación: a) Esfera
individual (delito precoz y probabilidad de implicancia en la delincuencia;
actitud antisocial, con creencias, valores y actitudes contra lo normativo;
deficiencia en la gestión y expresión de emociones, como rabia o frustración;
pobre desarrollo cognitivo; consumo de sustancias tóxicas; b) esfera familiar (agente de
socialización, pero que puede ser factor de riesgo con malas prácticas
educativas en E. Sutherland y su teoría del aprendizaje social o de la
asociación diferencial; con pobre enseñanza de lo normativo en Hirschi y su
teoría del control social, en R. Merton y su teoría de la tensión; con una
identificación con el comportamiento antisocial en Howard Becker y su teoría
del etiquetamiento); c) esfera escolar,
en lo referente a socialización y educación, sobre lo cual Agnew (2009) ha
estudiado la escuela como factor de protección concluyendo en que una escuela
que mantiene una relación adecuada entre cantidad de alumnos y docentes, da
expectativas de salida laboral y favorece el control y la disciplina, opera
como una factor de protección; d) esfera
de la comunidad, ya que la inserción social puede actuar en favor o en
contra, pudiéndose advertir el perjuicio que irroga la pertenencia a sectores
marginales (sobre lo cual nos advierte la teoría del etiquetamiento, pero
también la del aprendizaje social); e) esfera
de los amigos, que tiene singular importancia por la incidencia que tiene
en el adolescente el grupo de pares, aunque no está probada una relación causa
efecto en la conducta desviada (Puede que el adolescente sea antisocial porque
está con ellos, pero puede que los elija porque son disociales como él, o bien
puede suceder que haya otros componentes como el consumo de sustancias); f) esfera de los medios de comunicación,
como prensa, internet, cine, tv, etc. , en que la falta de control da ocasión
para la transgresión (hacen hincapié en esto las teorías situacionales, como la
que debemos a Ronald Clarke y las oportunidades para delinquir existentes); g) esfera de factores varios, unos
estáticos (género, experiencias de la vida pasada, inicio precoz de la
delicción, historia de abuso o maltrato), y otros dinámicos, susceptibles al
cambio, en los que cabe centrar la intervención (consumo de tóxicos,
rendimiento escolar bajo, actitud negativa ante la autoridad).
- Hay
instrumentos para identificar los factores de riesgo, como el SAURY (STRUCTURED
ASSESSMENT OF VIOLENCE RISK IN YOUTH 2003), que es un manual para la valoración
estructurada de riesgo de violencia juvenil, y está compuesta de 24 ítems de
riesgo, entre los que encontraremos 10 ítems históricos, 6 ítems
sociales/contextuales, 8 ítems individuales y 6 ítems de protección.
-
Identificado y valorado el riesgo corresponde pasar a la etapa de gestión de
ese riesgo, de plantear intervenciones para operar sobre esos factores,
conteniendo y disminuyendo el riesgo.
- Pese a
controversias que esto despierta, ha quedado empíricamente demostrada la
utilidad de dos tipos de intervenciones: la sistémica, integrando elementos que
hay en el entorno del adolescente; y la cognitivo-comportamental, modificando
los pensamientos y las actitudes de una persona a través del mismo cambio en su
comportamiento (experiencia en Wormwood Scrubs que veíamos en clase anterior).
- Hay otras
estrategias y otros modelos de intervención, algunos de ellos que se basan más
en los esfuerzos, en los progresos que experimenta el sujeto (paradigma del
desistimiento, Mc Neill, Glasgow 2003).
- Hablemos
de los factores de riesgo en la agresividad de los adolescentes. Hay factores individuales, como la propia
historia como agresor o como víctima, el consumo de alcohol o drogas, la baja
inteligencia, los problemas de inserción y rendimiento escolar, la poca
atención o la hiperactividad, el estrés emocional, los conflictos familiares y
la violencia intrafamiliar (en que puede ser víctima o testigo), las actitudes
antisociales (que pueden ser inherentes a la subcultura); factores familiares,
como el comportamiento de los padres, la disciplina rígida, excesiva o
insuficiente, los abusos de sustancias, conflictos entre padres e hijos, el no
involucramiento de los padres en el cuidado de los hijos, la criminalidad
dentro del hogar; factores de amistad,
como amigos agresivos, que premian la agresión, el rechazo de compañeros, la
falta de interés pro social; y factores
comunitarios, como la violencia en el contexto, la presencia gravitante de
drogas, la extrema pobreza, la desorganización social.
- Es
importante el contexto en que se da la agresión. Puede ocurrir que ese contexto
exija la agresión como supervivencia (pandillas).
- Si el
adolescente cesa en su agresión cuando cambia el contexto, muestra que no hay
un compromiso interno. Y puede cesar en la vida adulta cuando no hay actitud
favorable a la agresión.
- La
agresión puede ser autoagresión como respuesta al estrés, a sentimientos negativos.
Ante esas manifestaciones hay que estar atento para anticiparse a nuevos
ataques. Hay señales de repetición: si deja de hablar del futuro, si va
desprendiéndose de sus cosas, de lo que aprecia o atesora. Si hay plan de
suicido, debe averiguarse el riesgo: el contraste entre lo que lo invita a
seguir vivo y lo que lo invita a morir.
-
Considerar los factores, permite prevenir, pero no predecir.
- Vivimos
en una cultura de la violencia, que
puede ser directa, estructural o cultural. La directa es la que usamos a diario para responder a lo que se nos
presenta como un conflicto. La estructural
es la que vive el mundo basado en las relaciones desiguales entre fuertes y
débiles, a nivel nacional e internacional; la cultural es la que da valor a las personas por lo que tienen y no
por lo que son, estableciendo una escala de valores que ahoga al que no puede
tener.
- La
violencia engendra violencia, en un movimiento espiralado que nos convierte en
jauría humana. Se hace el “linchamiento social” del que representa lo que esa
escala de valores rechaza. Y este es el ambiente en el que crecen los
adolescentes, y a sus expresiones violentas se termina respondiendo con un
control social más riguroso, más punitivo, en definitiva más violento.
- Un cambio
cultural debe propiciar una educación basada en el autoconocimiento (el del
ser), la autoestima (la propia dignidad y valor), y en la autorresolución de
conflictos (reconocimiento de los derechos y libertades de los demás). No es lo
que propicia el modelo vigente en América del Norte y en Europa Occidental, en
que prevalece el control social, la frialdad en las relaciones interpersonales
y la psicología que podríamos llamar “sin alma”.
- Para esto
hace falta una estrategia que favorezca la convivencia, siempre atenta a los
valores que hay que salvaguardar, a los valores que conlleva el otro aunque aflore lo que no lo es.
- Y esta
cultura de la violencia que domina nos pone cara a cara con el fenómeno de las
pandillas y las maras. En una suerte de evolución esquinero-banda-pandilla-mara-delincuencia organizada.
- Los
“esquineros” responden a un fenómeno universal en la adolescencia. La “barra”
de la esquina, que puede ser de la plaza, o de la escuela, o del club, suele
adquirir estabilidad como grupo y funciona como una familia postiza, en parte
por algo propio de la adolescencia, y también en parte, muchas veces, por
deficiencias en la vida familiar. Tiene una estructura piramidal, con sus principios
y sus normas, con un cierto ritual de ingreso al grupo.
- En la
banda –y hay en todo el mundo- el integrante ocupa un lugar importante en la
subsistencia del grupo. Lo colectivo es lo central, y lo individual se anula.
En Centroamérica tienen un rito de iniciación, la “clica”, que tiene dos
momentos: el primero, en que se encarga al ingresante el cuidado de un ser
vivo, un animal, hasta que se encariña con él, y entonces se le da orden de
matarlo para demostrar que está en todo sometido al grupo; y el segundo, en que
se le da orden de dar una paliza brutal a un amigo, para demostrar que si eso
es capaz de hacer contra un amigo, mucho más hará contra un enemigo. Así se
fortalece el sentido de pertenencia, la exclusividad, el dominio sobre los
miembros, la fidelidad, y el arraigo.
- La
pandilla está ya mejor organizada y con objetivos más amplios. Tiene dinero,
dominio territorial y capacidad de acción. Domina y da albergue a adolescentes
que no han encontrado amparo en otro lado.
- Al entrar
en la mara ya el adolescente forma parte de una pirámide brutal, con delitos
leves, graves y de sangre. Salir de ella es una ruptura, una infidelidad que se
paga con la muerte. Hay quienes afrontan esto para rescatar, como Elmo Molina
(ex Salvatrucha).
- Entre los
salvadoreños, durante los años de exilio que siguieron a la guerra civil, se
desarrollaron dos maras: “Salvatrucha” y “M-18”. Están enfrentadas entre sí
desde hace unos treinta años, aunque ya se ha perdido en el tiempo lo que pudo
haberlas enfrentado. Hoy disputan el territorio, el tráfico, etc. y se
persiguen buscando la eliminación del rival. En cada uno de los funerales –casi
diarios- recuerdan a todos los “caídos”. Se comunican entre sí con signos
gestuales, y un solo signo puede estar ordenando la muerte de un comisario, de
un fiscal, de un juez.
- No hay
preparación para abordarlos. Las leyes punitivas o reeducativas atrapan la
“normalidad”, pero los “mareros” están fuera de ello. Para abordarlos hace
falta conocerlos, y para conocerlos hay que observarlos, lo que no se logra
desde una oficina, desde un despacho. La presión social exige “mano dura”, y
eso es contraproducente. La dureza genera dureza (lo estamos viendo en Rosario
y en otros lugares). El abordaje tampoco se logra por la “conversión” del jefe
o líder. Hace falta una política educativa y social que llegue al territorio;
operadores que vayan al encuentro y propongan una alternativa a la vida que los
“mareros” llevan, una alternativa con un nuevo sentido de la vida que les
permita elaborar un proyecto distinto al criminal, de sangre y muerte.
- También
dentro de este tema debemos considerar el avance de la internet y de la nueva
tecnología que ha traído ese desafío que expresan los ciberdelitos que
involucran a niños (sexting, hackeo, bullying, piratería digital). El
banging entre pandillas, también.
- La
facilidad con que los niños hoy acceden a los medios informáticos los expone a
riesgos que escapan muchas veces al control de sus mayores. La internet y las
nuevas tecnologías constituyen avances admirables, pero a la vez nuevos riesgos
para niños que pueden verse atrapados como víctimas o intervenir en la comisión
de delitos.
- La
participación de niños durante muchas horas en actividades no estructuradas les
da oportunidad para un comportamiento dañoso para sí o para otros. Y una mayor
exposición al riesgo está en el mismo anonimato con que se desarrollan esas
actividades.
- Entre los
ciberdelitos, que se valen de la internet, de un sistema informático o de la
tecnología informática (ver Convenio de Budapest, 2001, ratif. por la
Argentina). Hay delitos que tienen por objeto a la misma internet, como la
piratería informática, los spams, etc., y otros que usan de ella para delinquir
contra otros. Hay incluso terrorismo informático, fraude o robo de identidad,
lavado de dinero, hackeo de cuentas bancarias, manipulación de cotizaciones
bursátiles etc. Europol tiene un listado de acciones posibles que está en
permanente actualización.
- el
ciberespacio no circunscribe a un territorio determinado. Es lo que ha llevado
a suscribir, en el marco del Consejo de Europa, un primer tratado
internacional, vigente desde el año 2004, para armonizar legislaciones
nacionales, mejorar las técnicas de investigación y alentar una mayor
colaboración entre los países.
- El
Convenio de Budapest cubre delitos de acceso ilegal, interferencia e
intercepción de redes de datos y sistemas informáticos, como así también el uso
indebido de dispositivos (fraudes, correos no deseados, etc.). En el segmento
que nos interesa aquí, se refiere a la producción, distribución y transmisión
de imágenes de abuso infantil. Pero no comprende la captación sexual de niños,
que sí queda cubierta en el Convenio de Lanzarote (2007) sobre la protección de
los niños contra los delitos sexuales.
- El
Consejo de Europa, la Comisión Europea y la Unión Internacional de
comunicaciones participan activamente en la lucha contra los delitos
informáticos, a través de acciones individuales o concertadas. En este marco,
surge GLACY (Acción Global contra el Ciberdelito) como proyecto concertado
entre el consejo de Europa y la Unión Europea destinado a apoyar a países de
todo el mundo en la lucha contra estos delitos. Hay también fuerte compromiso
de Interpol, Europol y la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el
Delito (UNODC).
II.- Intervenciones y liderazgo
- Como
hemos dicho, hay factores que pueden ser de riesgo o de protección: pueden
propiciar la violencia o no; pueden favorecer la recaída en el delito o no.
- Para
elaborar un modelo de intervención, hay que tener en cuenta ese carácter
bifronte que tienen las variables en juego. Y entonces adoptar un
protocolo que permita evaluar.
- Hay
factores de riesgo dinámicos, los llamados criminogénicos. Pueden estar y luego desaparecer ante un
abordaje correcto u otras circunstancias. Puede operar así el consumo de
drogas, el alcohol, el emplazamiento de la escuela a la que el niño asiste, o
el lugar en que luego se queda, etc. Son dinámicos porque muestran cambios,
estar en un momento y luego ya no, actuar en un sentido de mayor riesgo o no. Y
aquí radica la utilidad para los operadores: pueden conocer las necesidades de
estos niños y hacer prevención para contener la transgresión con una
intervención acertada.
- Philippe
Stephan, un psiquiatra suizo especialista en infancia y adolescencia, docente
de la Universidad de Ginebra, nos deja una serie de apuntes sobre la
intervención que traemos a continuación:
- Siempre
mirando a la protección, hay factores que coadyuvan en esa dirección y
reducen el impacto de los factores de
riesgo:
1° La autoestima. Debe tratarse de una
autoestima real, no la de pensarse o creerse inteligente o mejor, sino en
reconocerse valor como persona, con conciencia de que uno vale la pena,
cualesquiera sean las circunstancias. No la debemos confundir con el amor
propio, de la propia consideración sin importar lo que valen los demás, y que
justifica siempre la propia acción, con justicia o sin ella, bajo el pretexto
“todos lo hacen”, “todos roban”, “no soy el único que se droga”, etc.”
2° La empatía. Hablamos de la empatía
cognitiva o emocional, es que puede tener el que delinque hacia quien es su
víctima. Hay una construcción muy importante que debemos a Joe Lafont
Farrington, quien reconoce dos niveles de empatía: la cognitiva, en que el
sujeto se da cuenta de lo que está haciendo, de sus sentimientos sobre lo que
hace; y la emocional, en que el sujeto siente lo que el otro, su víctima, está
sintiendo. Esto último permite una intervención promisoria, difícil en quien no
la tiene.
3° Las normas sociales, compañeros sociales y
una familia bien dispuesta como apoyo. Pueden ser factores de protección muy
importantes, porque constituyen un entorno que aprueba o reprueba, que puede
propiciar la transgresión o no.
- Hay
diferencias de atención en razón de la edad, pero lo importante es que el niño
debe encontrar o reencontrar algún tipo de confianza en sí mismo y alcanzar
alguna seguridad básica.
- El
problema de las intervenciones sucesivas está en las rupturas que pueden
producir esos cambios iterativos o repetidos en la intervención profesional.
- Estos
niños tienen problemas relacionales. A un niño con problemas de conducta -más a
un niño que a una niña- la sucesión de profesionales intervinientes le genera
una inflación relacional terrible que tampoco un niño saludable podría
soportar.
- Por eso
es importante que los operadores se planteen cómo será ese cambio para que
mantenga viva la esperanza y no lleve a una nueva decepción. Es que estos
cambios tienen fuerte incidencia en la infancia, en que es muy necesaria y
gravitante la continuidad como indispensable para el desarrollo.
- Ya en la
adolescencia, toman otro cariz. A diferencia de lo que ocurre entre los 10 y
los 12 años, en que el niño necesita de un referente adulto que le ofrezca
continuidad, seguridad, a partir de los 13 años esto empieza cambiar.
- Aun
cuando los problemas relacionales en esta etapa son más fuertes que en la
infancia - la separación de los padres lleva al adolescente a considerar
aterradora la dependencia de otro adulto- la sucesión de profesionales atenúa
esta resistencia al adulto y favorece un mejor abordaje, incluso cuando
aparezcan ciertas discrepancias entre los mismos, siempre que actúen dentro de
una red o malla muy fuerte en su cohesión que dé sustento a las medidas que se
van adoptando.
- La red de
abordaje debe ser resistente, pero flexible a la vez. El adolescente debe
encontrar en ella la variedad de matices que hay en los distintos operadores,
pero también la cohesión que la haga consistente en sus determinaciones.
- El
adolescente, entre los 13 y los 16 años, se muestra muy impulsivo y dificulta
cualquier discusión en base a razones. Por lo que una discusión de ese tipo no
arroja buenos resultados. Pero a partir de los 16 años recupera su capacidad de
razonar, y las medidas que le conciernen pueden ser habladas con él en base a
razones.
- En tanto
los niños en edad infantil viven con mucha angustia la privación de libertad,
los adolescentes la experimentan como una contención ante su desborde psíquico.
Entre cuatro paredes encuentran límites que hacen posible aceptar el abordaje y
retomar luego un vínculo con personas no significativas.
- En el
abordaje del adolescente, la relación con el operador debe trabarse en el mismo
plano; debe surgir de un “encuentro” (casi por azar) y no de un acto de
autoridad amenazante. Así se le puede devolver la seguridad, la confianza en sí
mismo. Aunque a menudo se avizora el delito como un ataque del adolescente
hacia el adulto, suele ser que, a la inversa, el adolescente se siente
aplastado por el adulto.
- En la
intervención debe haber un enfoque de género. No da igual que se trate de niñas
o de niños.
- Con
frecuencia se advierte que las niñas con comportamiento de violencia tienen
problemas y dificultades muy severos y es a menudo difícil ayudarlas. Cuando no
han establecido un buen vínculo con la madre en los años infantiles, en la
adolescencia tienden a afianzarse en base a la violencia. Una madre no
involucrada y un padre ausente o relativamente violento o agresivo puede llevar
a que la hija busque alcanzar seguridad y confianza en sí misma a través del
ejercicio de la violencia.
- Para
trabajar por ellas, hay que restaurar primero su cuerpo –p. e. con baños
termales relacionales- para intentar luego recuperar ese vínculo primario
dañado, rodeándolas de un ambiente maternal, con una atención femenina algo
mitigada por la presencia de figuras masculinas firmes y bondadosas.
- Los
varones adolescentes, en tanto, suelen estar emplazados en la omnipotencia y
suelen mostrarse reacios a aceptar ayuda. Se sienten amenazados por el entorno.
Pero no quita que algún operador –por caso, un trabajador social- pueda llegar
a ellos y vincularse, despertar una cierta confianza. De allí la importancia de
que haya un trabajo en red, una red que sirva como una suerte de paracaídas
para ese operador.
- Un gran
papel juega la empatía, ya que a ese operador, enmarcado por la red que
integra, el adolescente vuelca toda su
conflictividad interna.
- La
asociación espontánea de pares en los lugares de contención o encierro permite
al adolescente encontrar seguridad. Se abroquela en el grupo, y todos juntos
tienden a actuar en bloque, generalmente encabezados por un líder negativo.
¿Cómo vencer esa paridad solidaria que los puede volver impenetrables a la
acción en su favor?
- El
deporte asociado (fútbol, por caso) constituye un medio para hacerlo porque
asigna a cada uno un rol. Lo saca de esa paridad en que todos son indistintos
para darle un lugar propio que lo identifica y le asigna un papel, un rol.
- No
obstante, hay que ofrecer a los adolescentes oportunidades de relación con los
demás, de interacción evitándoles el aislamiento. Y esto en medidas que los
tengan como protagonistas, neutralizando la angustia que les puede acarrear la
pasividad, y las reacciones violentas que pueden despertar medidas de entera
sumisión, vivenciadas como humillantes.
- Otro
problema que puede vivir el adolescente es el de su identidad. Por un lado
quiere una identidad propia, pero por otro lado quiere ajustarse a lo normal. Cuando
su determinación sexual cae fuera de lo considerado normal, el problema se
agudiza, constituye una fuente adicional de angustia, de temor, de posible
depresión. Tiende entonces a asumir la identidad de chivo expiatorio, y esto
produce mucha tensión en el grupo, con burlas y exclusión. Surge la necesidad de reivindicarse, o bien
de ocultarse, que lo problematiza más.
- En casos
así, evidentemente hay que brindar más protección, mayor seguridad al que se
advierte más vulnerable.
- El
sistema penal juvenil distingue corrientemente entre niños y niñas, pero queda
atónito cuando la identidad sexual se aparta de esa distinción y lleva a que el
que la vive no encuentre su lugar. El sistema, en todas sus dependencias y
todos sus servicios, debe contemplar la diversidad y así evitar o desterrar la
discriminación.
- La
educación social en los centros y servicios de atención al niño en conflicto de
ley penal debe atender básicamente a la psicología del desarrollo, Psiquiatra y
psicólogo deben dar su punto de vista Para hacer posible la mejor vía de
abordaje en cada caso, la determinación más acertada en las medidas que se
implementan a ese fin. Luego, ya en la ejecución, deben operar como apoyo, más
para quienes son los responsables de la ejecución de las medidas que para los
mismos adolescentes, quienes pueden resistir una intervención psiquiátrica o
psicológica directa al estimarse sanos, con una problemática de conducta que no
involucra a su salud mental.
- Hay
experiencias notables en esta dirección, respecto a adolescentes con mucha
angustia debido a una situación personal que excede la estrictamente referida
al delito. Son experiencias que muestran a educadores rodeando a estos jóvenes
de una empatía admirable. Pero en esta vinculación con los adolescentes cuentan
con un fuerte apoyo de psiquiatras y psicólogos, que les brindan contención,
que desintoxican a los educadores de las dificultades, de las angustias, los
sentimientos contradictorios, etc. que brotan en la relación entre educadores y
adolescentes.
- La
actuación de peritos brinda un basamento que sirve al Juez, en el marco del
debate que supone todo proceso judicial, o un procedimiento extrajudicial de
mediación o de corte restaurativo, para determinar las medidas que mejor sirvan
para que el adolescente concurra a la solución del conflicto de ley penal en
que se encuentra y asuma una actitud favorable a la reinserción social, a darle
a su vida el valor que tiene, a comprometerse en el respeto a los derechos y
libertades de los demás y a asumir una función constructiva dentro de la
sociedad.
- Y cuando
de medidas se habla, surge un interrogante: ¿Pueden ser medidas educativas o
deben ser de sanción? Y sabemos que hay adolescentes que prefieren las de
sanción con la fantasía de pagar una deuda y evitar la educación.
- Estudios
científicos muestran que la mayoría de los adolescentes que están en
transgresión saben muy bien lo que están haciendo, el sentido que su obrar
tiene y que los hace pasible de una sanción. Por eso, sancionarlos para que
entiendan el sentido delictuoso de su obrar no sirve, no es algo útil. Y
esperar que con ello se detengan en su camino de transgresión es una ilusión.
- De allí
que sean preferibles las medidas educativas, justamente atendiendo a que la
adolescencia es un tránsito de la familia a la sociedad, y que en ello debe
jugar el educador su rol.
- La
sanción tiene sus riesgos: o identificar al niño con el camino de la
transgresión, que lo hace fuerte, importante, o empujarlo a la depresión, a una
conducta de fracaso. Su paso por la prisión será su estigma, su tatuaje lo
identificará, y la educación como posibilidad de cambiar su vida estará cada
vez más distante.
- Ya se ha
dicho aquí que el operador que establece un vínculo con el niño debe trabajar
en red, debe contar con una trama profesional que pueda soportarlo en los
vaivenes propios de su relación con el adolescente. Pero esa red no puede
quedar circunscripta a quienes tienen el contacto directo y personal con el
niño sino que debe comprender a todos los que están involucrados en su
abordaje.
- No sólo
se trata de trabajar en equipo, aunando a todos los que pertenecen a un mismo servicio
(algo que a los argentinos, muy individualistas, nos cuesta mucho), sino de
integrar los distintos profesionales, equipos e instituciones en una red que
armonice sus servicios, que los complemente y los optimice.
- No es
tanto una cuestión de técnica sino de actitud. Podemos conocer las técnicas,
pero hay que tener la disposición para aceptar y acoplar los distintos
quehaceres. No entenderlo así impide cualquier avance en el sentido de una
Justicia Juvenil Restaurativa. ¿Y por qué? Porque las miradas distintas en una
red se ajustan, se armonizan, y lo que para unos es pregunta, para otros ya es
una respuesta.
- Para
acoplar a los actores en una red, primero hay que socializar la información.
Esto es lo primero. Es lo que hace luego posible ir asumiendo una mirada
coincidente y concertando acciones con un mismo fin.
- Las
personas e instituciones que integran la red deben tener muy desarrollado el
sentido de lo que es común, un fin como bien común. Para esto no hace falta un
líder único que mueva a los demás integrantes de la red sino que se reconozca
el liderazgo que tiene cada quien en lo suyo, en lo que es de su competencia.
- El
trabajo en red hace al operador en Justicia Juvenil Restaurativa, en cualquiera
de los espacios profesionales, incluyendo los que pertenecen a la función
judicial. Y también a las ONGs y demás organizaciones o instituciones de
servicio (lo que está en la letra de leyes de protección integral de derechos
en nuestro país, pero que nunca ha entrado en el espíritu de quienes deben
hacerlas cumplir).

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